Cuando hablamos con un adolescente, muchas veces sentimos que hablamos idiomas distintos. No solo porque utilicen expresiones que desconocemos, sino porque su forma de ver el mundo, de interpretar la realidad y de reaccionar ante ella es radicalmente diferente a la nuestra. Lo curioso es que cuando no entendemos su “idioma”, solemos hacer dos cosas: asumir que lo que dicen tiene una connotación negativa porque nuestro cerebro completa lo que no comprende con nuestras propias sospechas, o intentar que sean ellos quienes se adapten a nuestra manera de hablar, quienes expliquen mejor, quienes maduren antes de tiempo, quienes se comuniquen de una forma que nos resulte más cómoda.

Pero, ¿y si cambiamos el guion? En vez de esperar que el adolescente haga el esfuerzo de acercarse a nuestro idioma, podemos aprender el suyo. No un poco. No algunas palabras. No solo para poder responderle con un “bro” y creer que con eso ya hemos conectado. No. Aprenderlo de verdad, como si nos mudáramos a otro país y quisiéramos integrarnos.

La pregunta es: ¿qué pasaría si por un mes, en cada conversación con tu hijo o tu paciente adolescente, renuncias completamente a hablar en tu idioma? No explicaciones desde tu experiencia adulta, no argumentos estructurados como esperas que los reciba, no correcciones. Solo preguntas y respuestas dentro de su lógica. No puedes traducir lo que dice a tu manera de entender, sino que debes hacer el esfuerzo de comprender qué quiere decir según su propio mundo. Si te habla de su streamer favorito, lo ves. Si menciona una serie, la miras. Si usa expresiones que no entiendes, no las corriges ni las minimizas, sino que intentas utilizarlas tú también, aunque sea torpemente. Si su comunicación parece egocéntrica, en lugar de intentar corregirla, la sigues hasta el final, como si estuvieras dentro de la película que él mismo está protagonizando.

Pero hay algo aún más chocante que descubrir este idioma: descubrir que preferías el anterior. El problema no es que el adolescente hable un nuevo idioma, sino que el adulto no quería que lo cambiara. No nos gustan los cambios, solemos luchar por mantener la estabilidad de lo conocido, aunque mantenerla incluya una señal de alerta. Ahora imaginemos un escenario realmente inquietante: un adolescente que no fuera egoísta de forma natural, que no se alejara del adulto, que no tuviera conflictos con su identidad. Nos parecería extraño, fuera de lo esperado, nos generaría dudas, porque lo que es realmente habitual, paradójicamente, es que haya conflicto entre generaciones. Ha ocurrido siempre. Lo interesante no es el conflicto en sí, sino la transformación que ha tenido con el tiempo.

Hoy en día, este proceso se está convirtiendo en una sensación de incapacidad o frustración en el adulto, en la idea de que si no logramos entenderlos, estamos fallando. Nos hemos convertido en una generación de educadores con una carga emocional y una autoexigencia que nuestros antepasados no tenían. Buscamos hacerlo mejor, ser más conscientes, acompañar sin imponer, pero a veces olvidamos que hay cosas que se van a repetir en la historia, por mucho que intentemos controlarlas:

• Los adolescentes son egoístas.

• La moda siempre vuelve.

• Todas las generaciones creen que la suya fue mejor.

La paradoja es que, por más que intentemos evitar estas verdades, siguen ocurriendo. Y cuanto más intentamos impedirlas, más frustración nos genera. Entonces, quizás la clave no sea resistirse, sino aprender a moverse dentro de la historia que se repite, sin que eso signifique rendirse, sino entender que algunas cosas simplemente funcionan así.

Y ahí es donde podemos hacer algo diferente: dejar de pelear con la idea de que no nos entienden y empezar a preguntarnos si, por una vez, podemos ser nosotros quienes hagamos el esfuerzo de comprender sin imponer. Porque quizás no se trata de que hablen como nosotros. Quizás el cambio empieza cuando somos capaces de hablar en su idioma, aunque solo sea para demostrarles que estamos dispuestos a escuchar.